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Publicado el lunes, 2 de febrero de 2026
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Cuando la encuesta incomoda a todos

 

Por Abril Peña Abreu 

Este análisis no nació de una encuesta, nació modestia y aparte de mi intuición política, fruto no de mi herencia si no de años de ejercicio político y del contacto diario con gente de todas las parcelas políticas.

Mi lectura vino primero: un presidente que conserva popularidad personal, un gobierno que no logra sostener expectativas, una oposición que no compacta y una ciudadanía visiblemente cansada. Luego apareció la encuesta de Sondeos., que confirmó mis sospechas y por último, pero no menos importante, hice un ejercicio de contraste con el clima digital, realizado a través de dos modelos distintos de análisis de conversación en redes.

El resultado fue incómodo, (para mí como oficialista) pero consistente: no hubo contradicciones sustanciales entre la percepción ciudadana, el levantamiento presencial y la conversación digital y quizá por eso la encuesta removió el avispero.

Porque cuando una medición no favorece claramente a nadie, lo usual no es debatirla con datos, sino ponerla en duda y desacreditar 

Sin embargo, más allá de la controversia sobre la firma encuestadora, hay un hecho difícil de ignorar: los principales hallazgos de Sondeos no dicen nada que no sea ya perceptible en la calle.

El presidente Luis Abinader sigue siendo, con diferencia, el activo político más fuerte del sistema. Su valoración personal supera con holgura la aprobación general del gobierno. Esa brecha no es menor ni accidental. Habla de una figura presidencial que aún genera confianza, frente a una estructura gubernamental que no logra traducir esa confianza en resultados percibidos.

En otras palabras, el “efecto sombrilla” del presidente sigue funcionando, pero el desgaste del tren gubernamental es evidente, los cambios de funcionarios, lejos de renovar expectativas, han sido recibidos con escepticismo por amplios sectores de la población, que comienzan a percibirlos más como movimientos administrativos que como correcciones de rumbo.

Del lado de la oposición, el panorama tampoco es alentador. La Fuerza del Pueblo no termina de romper el techo que ella misma se ha impuesto, Leonel Fernández no logra recuperar el protagonismo que tuvo en otros ciclos políticos y, al mismo tiempo, no parece dispuesto a ceder completamente el liderazgo, pero aunque lo hiciese, Omar Fernández genera simpatía y conexión, especialmente entre segmentos jóvenes, pero aún no concentra la confianza necesaria para liderar y compactar a toda la oposición sin la sombra de su apellido.

El Partido de la Liberación Dominicana, contra muchos pronósticos, no se desinfla, sin candidato definido y sin grandes despliegues mediáticos, conserva estructura, base territorial y capacidad de espera, no entusiasma, pero tampoco colapsa. En política, esa resistencia silenciosa suele ser más relevante de lo que aparenta. Además comparte con el PRM el hecho de una figura cimera que sobrepasa la popularidad de su propio partido: Danilo Medina habla el domingo y establece la agenda periodística de la semana: ¿Bendición o maldición ? 

Mientras tanto, la corrupción reaparece entre las principales preocupaciones ciudadanas, es casi como una burla, quien apadrinó ayer, hoy está del otro lado del dedo acusador, ahora mismo ya no se trata de cruzada moral del color de la esperanza , ni es una bandera ideológica, sino que es como una frustración acumulada. La promesa de una lucha ejemplar no se ha traducido en resultados judiciales concluyentes, y eso ha generado fatiga, pero sobre todo impotencia ahora el tema regresa como un búmeran, golpeando precisamente a quienes lo utilizaron como eje central de su narrativa o quién sabe si peor si se dan las condiciones adecuadas.

El problema de fondo, sin embargo, va más allá de nombres y partidos. Hay tres palabras que atraviesan toda esta lectura: hartazgo, apatía y desencanto.

La gente no parece estar radicalizada; parece cansada. No se percibe una ciudadanía movilizada por convicciones fuertes, sino una sociedad que empieza a desconectarse emocionalmente de la política Y esa es una señal de alerta que debería preocupar tanto al oficialismo como a la oposición.

El ejercicio que realice fue simple: observar, contrastar y verificar: la encuesta de Sondeos no creó una realidad; la reflejó. Y el clima digital, lejos de desmentirla, confirmó sus ejes centrales. Cuando la calle, los datos y la conversación coinciden, el problema no es el método, sino el mensaje.

Si ambos bandos no se sientan a repensar estrategias —no solo para ganar poder, sino para recuperar confianza—, el riesgo no está en quién gane las elecciones de 2028, sino qué tipo de país llegará a esa cita.

Porque cuando desde el poder no se corrige y desde la oposición no se convence, la ciudadanía deja de esperar.

Y cuando de ambos lados se pierde la esperanza, la política deja de ser solución y pasa a formar parte del problema.

Publicado en fecha: lunes, febrero 02, 2026.
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